El 11 de septiembre de 2001 no solo cambió la historia de Estados Unidos. También transformó la manera en que los gobiernos de todo el mundo entienden la inteligencia, el terrorismo y la seguridad.

Aquel día, cuatro aviones fueron secuestrados por integrantes de Al Qaeda. Dos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, otro contra el Pentágono y el cuarto terminó estrellándose en Pensilvania.

El saldo fue de 2.977 personas muertas y millones de personas que, desde entonces, comenzaron a vivir en un mundo marcado por una nueva preocupación: la posibilidad de ataques terroristas coordinados a gran escala.

Pero uno de los aspectos más llamativos del 11-S es que la información sobre Al Qaeda ya existía.

La CIA llevaba años siguiendo la actividad de la organización y a su líder, Osama bin Laden. El problema fue que diferentes agencias estadounidenses tenían piezas de información que no fueron conectadas y analizadas a tiempo.

La Comisión del 11-S calificó aquello como un enorme fracaso de inteligencia y habló de fallos de imaginación, política, capacidades y gestión.

El gran cambio: compartir información

Después de los atentados, una de las principales lecciones fue clara: tener información no sirve de mucho si las agencias que la poseen no pueden compartirla y analizarla conjuntamente.

Estados Unidos reorganizó buena parte de su sistema de inteligencia. Entre los cambios estuvo la creación del Centro Nacional de Contraterrorismo (NCTC) y del cargo de director de Inteligencia Nacional, encargado de coordinar a las diferentes agencias de inteligencia del país.

En Reino Unido también se fortaleció la cooperación entre los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad.

Hoy existen centros donde especialistas de diferentes organismos pueden trabajar prácticamente juntos: desde agentes de inteligencia hasta policías, expertos en comunicaciones y representantes de agencias extranjeras.

Además, la cooperación internacional adquirió todavía más importancia mediante alianzas como Five Eyes, integrada por Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

Pero la inteligencia siguió cometiendo errores

El 11-S no fue el último gran fallo de inteligencia.

Uno de los ejemplos más controversiales ocurrió antes de la invasión de Irak en 2003.

Estados Unidos y Reino Unido defendieron la existencia de supuestas armas de destrucción masiva en Irak. Sin embargo, las investigaciones posteriores concluyeron que buena parte de la información utilizada para respaldar esas afirmaciones era deficiente o provenía de fuentes que no habían sido verificadas adecuadamente.

El llamado Informe Butler, elaborado en Reino Unido, concluyó que la inteligencia utilizada para evaluar el supuesto programa iraquí de armas de destrucción masiva presentaba graves deficiencias.

El caso provocó una profunda revisión de los procesos utilizados para evaluar la información obtenida por los servicios de inteligencia británicos.

La amenaza también cambió

Durante los años posteriores al 11-S, Al Qaeda y otros grupos terroristas fueron considerados algunas de las principales amenazas para la seguridad occidental.

Pero con el paso del tiempo el panorama comenzó a transformarse.

El terrorismo de organizaciones no estatales continúa siendo una preocupación, pero los servicios de inteligencia también deben enfrentarse a amenazas provenientes de Estados, espionaje, ciberataques, operaciones de influencia y nuevas formas de guerra híbrida.

Rusia, China e Irán aparecen hoy en los análisis de seguridad de numerosos países como actores capaces de generar riesgos que van mucho más allá del terrorismo tradicional.

Esto significa que la inteligencia moderna ya no consiste únicamente en descubrir quién está preparando un atentado.

Ahora también implica detectar campañas de desinformación, ataques digitales, espionaje tecnológico, interferencia extranjera y movimientos que pueden afectar la seguridad nacional.

El otro lado de la historia

La respuesta al 11-S también generó una enorme discusión sobre hasta dónde puede llegar un Estado para proteger a su población.

En los años posteriores a los ataques, Estados Unidos y sus aliados implementaron operaciones antiterroristas que fueron posteriormente cuestionadas por organizaciones de derechos humanos.

Uno de los casos más conocidos fue la prisión de Guantánamo, donde cientos de personas fueron detenidas bajo sospecha de terrorismo y algunas permanecieron encarceladas durante años sin un juicio convencional.

También surgieron denuncias de torturas y malos tratos contra detenidos en instalaciones estadounidenses en Irak, Afganistán y otros lugares.

🇬🇧 Reino Unido tampoco quedó al margen de la polémica. Investigaciones posteriores revelaron la participación de sus servicios de inteligencia en operaciones de entrega extraordinaria de sospechosos, algunos de los cuales terminaron detenidos y torturados en otros países.

Estos casos provocaron investigaciones, críticas y reformas dentro de los propios organismos de seguridad.

25 años después

El 11-S dejó una lección que sigue vigente: la inteligencia no depende únicamente de tener información, sino de saber interpretarla, compartirla y actuar a tiempo.

Desde entonces, los gobiernos han creado nuevas estructuras de coordinación, ampliado la cooperación internacional y desarrollado tecnologías capaces de analizar cantidades de información que eran inimaginables en 2001.

Pero los errores no desaparecieron.

La amenaza terrorista evolucionó, surgieron nuevos actores y la seguridad comenzó a abarcar campos como la inteligencia artificial, la ciberseguridad, la desinformación y la guerra híbrida.

Veinticinco años después, el mundo que nació tras el 11-S sigue cambiando. La gran pregunta es si los gobiernos serán capaces de reconocer la próxima amenaza antes de que sea demasiado tarde.