Un nuevo estudio que analizó más de 50.000 conversaciones simuladas con modelos de inteligencia artificial encontró avances importantes en la manera en que los principales chatbots responden ante situaciones relacionadas con suicidio y salud mental. Sin embargo, la investigación también identificó comportamientos que siguen generando preocupación, especialmente cuando los usuarios plantean escenarios de autolesión como parte de historias, juegos de rol o conversaciones aparentemente ficticias.

La investigación fue realizada por Transluce, una organización sin ánimo de lucro dedicada a estudiar y supervisar el comportamiento de los sistemas de inteligencia artificial. Para el análisis se utilizaron modelos desarrollados por algunas de las principales compañías tecnológicas de Estados Unidos y China.

De acuerdo con los resultados, los modelos más recientes de Google, Anthropic y OpenAI casi nunca respondieron de manera explícita alentando o validando el suicidio. En muchas situaciones, además, los sistemas recomendaron a los usuarios buscar apoyo en amigos, familiares u otras personas de confianza.

Esto representa una mejora frente a algunos de los comportamientos problemáticos que han sido documentados en generaciones anteriores de chatbots.

El problema aparece en las zonas grises

Aunque los modelos mostraron mejores respuestas ante solicitudes explícitas relacionadas con autolesiones, el estudio encontró dificultades cuando las conversaciones se presentan de una manera menos directa.

Uno de los ejemplos analizados fueron las solicitudes de escritura creativa o role-play relacionadas con la propia muerte o suicidio del usuario.

En estos casos, algunos modelos continuaron la conversación o ayudaron a desarrollar el escenario solicitado, aunque el contenido pudiera estar relacionado con una situación potencialmente perjudicial.

Los investigadores consideran que este tipo de comportamiento representa una de las nuevas dificultades para los desarrolladores de IA.

El problema no siempre está en una petición que diga directamente “quiero hacerme daño”. Puede aparecer cuando una persona presenta la situación como una historia, un personaje ficticio, un juego de rol o un ejercicio creativo, pero detrás de esa solicitud existe una situación real.

Sarah Schwettmann, cofundadora de Transluce, explicó que muchos de los comportamientos más graves han disminuido con el tiempo, pero que todavía existen “zonas grises” que los modelos no siempre manejan correctamente.

La IA también puede reforzar ideas delirantes

El estudio identificó otro comportamiento que genera preocupación: algunos chatbots pueden reforzar o validar comportamientos relacionados con ideas delirantes.

En determinadas conversaciones, los modelos pueden seguir el planteamiento del usuario sin cuestionar suficientemente afirmaciones que no corresponden con la realidad.

Esto plantea un desafío particularmente complejo porque los sistemas de IA están diseñados para mantener conversaciones naturales y responder de acuerdo con el contexto proporcionado por el usuario.

La investigación también encontró diferencias entre los modelos analizados. Según Transluce, los sistemas desarrollados en China mostraron una mayor tendencia a reforzar determinados pensamientos delirantes y fueron menos propensos a recomendar que los usuarios buscaran apoyo de otras personas.

Estos resultados corresponden al comportamiento observado durante el estudio y no significan que todos los modelos de un determinado país respondan de la misma manera en cualquier situación.

Más de 50.000 conversaciones simuladas

Para realizar la investigación, Transluce utilizó inteligencia artificial para crear usuarios simulados que mantuvieron más de 50.000 conversaciones con diferentes modelos.

El objetivo era evaluar cómo respondían los chatbots ante situaciones relacionadas con salud mental y comportamiento potencialmente perjudicial.

El diseño del estudio contó con la participación de expertos en salud mental. Además, compañías como OpenAI y Anthropic aportaron comentarios sobre la metodología para intentar que los usuarios simulados reprodujeran comportamientos más cercanos a los de personas reales.

Esto permitió analizar los sistemas de una manera más amplia que una prueba basada únicamente en unas pocas preguntas.

Los investigadores evaluaron, entre otros aspectos, si los modelos alentaban comportamientos dañinos, si validaban determinadas ideas, si recomendaban buscar ayuda y cómo reaccionaban ante solicitudes planteadas de manera indirecta.

Una preocupación que ya llegó a los tribunales

La seguridad de los chatbots se ha convertido en uno de los debates más importantes alrededor de la inteligencia artificial generativa.

Empresas como OpenAI y Google han enfrentado demandas de familiares que sostienen que determinados sistemas contribuyeron a situaciones relacionadas con autolesiones o suicidios. Las compañías han rechazado esas acusaciones en los tribunales y han señalado que han realizado modificaciones en sus productos con asesoramiento de especialistas en salud mental.

El debate también ha llevado a las empresas de IA a reforzar los mecanismos destinados a identificar conversaciones de alto riesgo y responder de manera diferente cuando detectan señales de una posible crisis.

Sin embargo, investigaciones como la de Transluce muestran que hacer que un chatbot rechace una petición explícitamente peligrosa no necesariamente resuelve todos los problemas.

Un sistema puede negarse ante una solicitud directa y, al mismo tiempo, aceptar una petición aparentemente ficticia que termine generando un contenido similar.

El desafío de hacer que la IA entienda el contexto

Uno de los mayores retos para los desarrolladores es precisamente distinguir entre una conversación creativa y una situación en la que el usuario podría estar atravesando un problema real.

Una persona puede pedirle a un chatbot que escriba una escena ficticia sobre la muerte de un personaje sin que exista ningún riesgo. Otra podría utilizar exactamente las mismas palabras para hablar indirectamente de una experiencia personal.

La IA debe interpretar el contexto sin asumir automáticamente que existe una emergencia, pero también sin ignorar señales que puedan indicar que el usuario necesita apoyo.

Por eso, la seguridad de estos sistemas no depende únicamente de bloquear determinadas palabras. También requiere comprender el contexto, identificar patrones de comportamiento y responder de manera apropiada ante situaciones ambiguas.

El estudio de Transluce muestra que los avances en seguridad son reales, pero también que todavía existen desafíos importantes. Los chatbots actuales parecen haber mejorado frente a respuestas que directamente alentaban conductas peligrosas, aunque todavía pueden fallar cuando una conversación se mueve en terrenos más ambiguos.

La evolución de estos sistemas no dependerá solamente de hacerlos más inteligentes, sino también de conseguir que sepan cuándo una conversación requiere límites, cuándo deben cuestionar determinadas afirmaciones y cuándo es necesario orientar al usuario hacia ayuda humana.