A Eje 360 regresan las columnas de opinión sobre realidades regionales, que no comprometen el criterio editorial del portal.
El 32% de nuestra población vive en la pobreza y uno de cada tres manizaleños es pobre; el total de personas que viven en medio de la pobreza en la capital caldense es de 51.000, de las cuales 26.000 viven en condiciones de pobreza extrema.
El 24% de la población es vulnerable, el 40% es de clase media y sólo el 2.3% pertenece a la clase alta. Es decir, que cada día tenemos menos clase alta, media y vulnerables y más pobres. Y ¿entonces? ¿Qué vamos a hacer? ¿Permanecer en la zona de confort, frescos, quietos, impávidos, indiferentes frente a este cuadro tan desconsolador?
La pobreza se percibe en las calles, cuando especialmente en horas de la tarde se desplazan esas marejadas humanas que van y vuelven por la 23, sin un destino determinado, seguramente distrayendo el hambre y buscando entre la muchedumbre un horizonte que no encuentran, una meta inexistente.
Hay muchos factores sociales que inciden para que nos encontremos frente a este cuadro tan dramático: el desempleo, los efectos de la pandemia, la exclusión social, la corrupción, la falta de inversión social, la ausencia de compromiso del sector productivo, la demagogia irresponsable, pero la indiferencia especialmente.
Las soluciones no están exclusivamente en manos del Estado, en este caso de la Alcaldía Municipal; todos somos responsables de todos. No hay políticas para la atención integral de los jóvenes, el segmento poblacional más afectado con esta crisis socioeconómica que vive el territorio nacional, pero que se siente particularmente en Manizales. Los jóvenes desescolarizados no encuentran actividades para copar el tiempo libre; la descomposición social en este segmento de la población es angustiosa, fruto seguramente de hogares disfuncionales. Aquello que los especialistas llaman el tejido social posee rupturas estructurales que es necesario atacar con inversión social.
El sector público pierde tiempo muy valioso en diagnósticos, evaluaciones, análisis, juntas directivas, encuentros, reuniones, seminarios, intercambios y congresos. El diagnóstico está a la mano, pero los administradores se resisten a actuar y prefieren continuar con la semántica y el discurso farragoso y absolutamente estéril.
La academia sigue desconectada de los nodos del poder, y aunque tiene los análisis y su visión panorámica y científica, todavía no engrana con los planes de desarrollo, con las políticas públicas.
¿Vacío dirigencial? Claro que existe en la región, es evidente. Baste con recordar cuántos años lleva nuestra clase dirigente movilizando la propuesta de un aeropuerto, cuyo proyecto ha estado plagado de yerros técnicos protuberantes, despilfarro y equivocaciones. Cómo hacen de falta el civismo del padre Adolfo Hoyos, el coraje de Aquilino Villegas, la conducción de Fernando Londoño, la creatividad de Eduardo Arango Restrepo o de Guillermo Ocampo Avendaño, las gestiones de José Restrepo Restrepo. Cuánta falta hacen Mario Calderón Rivera, Ernesto Gutiérrez, Luis Prieto Ocampo, esa pléyade de líderes que siempre anteponían la defensa de los intereses públicos a la de los intereses personales o de grupo.
O es que, ¿acaso no pensamos que esa pobreza que padecen nuestros conciudadanos, esa falta de oportunidades, puede ser la entrada a la delincuencia?
¿Dónde están los gremios y dónde sus propuestas? ¿Dónde están Concejo y Asamblea? ¿Dónde la bancada congresional, los industriales y los comerciantes, y los periodistas y los medios? A tres cuadras de la plaza de Bolívar, en las galerías, hay seres humanos que se alimentan de desperdicios.
Entonces, vamos a despertar, nos vamos a movilizar, vamos a trabajar de manera mancomunada, o vamos a continuar la vida en medio de la indiferencia.
Los indicadores tienen que llevarnos necesariamente a la reflexión, a replantear las inversiones públicas, a articular el trabajo entre los sectores público y privado, en resumen, a dejar la indiferencia y la pasividad, a asumir con responsabilidad el compromiso que nos asiste como integrantes de una sociedad cuya descomposición se acentúa diariamente. Llegó la hora de actuar y de dejar atrás la semántica y la demagogia. Leído como Editorial en Horizontes.