A fuerza de recorrer por años el Centro Histórico de Manizales, quienes vivimos en la urbe nos hemos ido acostumbrando a su paisaje, a sus calles y también a sus gentes y, con el paso del tiempo perdemos la capacidad de asombro, y sus encantos y su belleza ya hacen parte de nuestra cotidianidad.

Tiene que venir un forastero, para que se quede alelado con la arquitectura republicana, con las cornisas del Edificio Sanz, con la majestuosidad del Palacio Amarillo de la gobernación, con la imponencia de la gótica catedral basílica, con los balcones y postigos que se mantienen en pie pese al paso de los años, pero por sobre todo, con la natural amabilidad y hospitalidad de los nuestros.

Una postal, o una fotografía artística o un video que estampe la belleza de nuestro Centro Histórico, constituye un motivo suficiente para despertar el interés por esta ciudad tan particular y única, construida sobre el filo de una montaña, donde nadie imaginó que podía levantarse un pueblo, con la belleza de edificaciones como la Casa Estrada o el Hotel Escorial, teniendo como eje la carrera 23 y la avenida Santander.

Lamentablemente el desorden de nuestro Centro Histórico impide apreciar verdaderamente sus encantos, y en vez de propiciar la lúdica, termina por incomodar al peatón que no encuentra sino obstáculos en su caminar. El desorden desconcierta y colma la paciencia hasta del Santo Job.

Ninguna de las cinco últimas administraciones municipales ha logrado controlar el tema del espacio público, y, al contrario, cada día se perciben mayores congestiones, causadas generalmente por los vendedores informales, que se tomaron literalmente el centro, frente a la impotencia de las autoridades. Esos pequeños comerciantes que ahora actúan a su libre albedrío, tienden sus plásticos desde muy temprano, para vender toda clase de mercancías y cacharros, comidas rápidas preparadas en aceites requemados, frutas manipuladas sin observar mínimas normas de aseo, etc, etc, una baraúnda, y permítanme en término, un exceso de desorden.

Creíamos y aún creemos, que una administración liderada por un sector político respetuoso del medio ambiente y del paisaje, iría a enfrentar con esmero este problema social de dimensiones superlativas, pero a diario aparecen nuevos vendedores, y esos comerciantes poco a poco se van apoderando del espacio público, demarcando territorios, como si no existiera un ordenamiento urbano. A nadie le atrae caminar por la carrera 23, es un tránsito penoso, tortuoso, que causa malestar. Se habla mucho de las inmensas posibilidades turísticas que ofrece Manizales, de los atractivos de su Centro Histórico, pero propios y extraños nos topamos diariamente con el obstáculo de las ventas callejeras.

No pretendemos, ni más faltaba, que se persiga al comerciante informal, lo que demandamos simplemente es que la autoridad municipal los organice, sin perseguirlos pero sí reubicándolos, de modo que no interfieran a los peatones y no afeen el paisaje; es cuestión de voluntad política, de decidirse de manera resuelta a enfrentar el problema.
Se llegó a presumir que el Centro Cultural del Banco de la República contribuiría a dinamizar el centro de la ciudad y que permitiría despejar la 23 de esos obstáculos, pero nada de ello ha acontecido.

Esta columna de opinión es un llamado respetuoso a la alcaldía de Manizales a reconvenir amistosamente a los vendedores informales, a concertar su reubicación, para que todos podamos disfrutar a nuestras anchas de la vía pública, para que sea posible el encuentro y, para que nos convirtamos en ejemplo en el concierto de las ciudades colombianos. Ciudades vecinas como Armenia lo lograron. Paisaje urbano tenemos, lo que falta es decisión y voluntad política.